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lunes, 12 de noviembre de 2012

¡Basta ya!

Hay mañanas en las que se le quitan a uno las ganas de escribir, la palabra no basta para acallar la voz interior que clama por echarles de una vez con cajas destempladas. Son mañanas como esta de hoy, gris, macilenta, de temperatura extraña, mañanas que comienzan lentas hasta que lees en la portada de un periódico virtual que una mujer de 53 años se arrojó por la ventana cuando la comitiva judicial estaba procediendo a robarle su casa para entregársela al ladrón del banco. Murió en el acto. Y van tres ya; que se sepa... ¿Cuantos más hacen falta para que en Ferraz dé alguien un puñetazo en la mesa, uno grande y físico que le hiele la sangre de horchata en las venas al Ejecutivo y les haga reaccionar?

Porque sin el PSOE y el resto de la llamada izquierda va a ser muy difícil plantar cara. Si no conseguimos que los pijo-listos de nuevo cuño se aparten, si esa especie de guardia de corps, totalmente manejable, que ha montado Rubalcaba a su alrededor no deja paso a la gente que de verdad quiere luchar por los ideales que -se supone- defiende el partido, nos van a hundir en la miseria aún más de lo que nos han hundido hasta ahora. ¿Cuantos suicidios más necesitan para comenzar a asumir que su responsabilidad es con el pueblo y no una excusa para continuar calentitos en la poltrona? ¿Cual ha de ser la tasa de desnutrición infantil? ¿Y la de desescolarización? ¿Cuantos mendigos ha de haber en las calles para que reaccionen de una vez, abandonen sus intereses partidistas y económicos y hagan lo que han de hacer?

Me está costando sacar adelante este post; es consecuencia de la mezcla de ira y mareo que experimento. La puntilla ha sido el escuchar a la ministra Bañez pidiendo "sensibilidad" a los directivos de Iberia a la hora de aplicar "su" reforma laboral para plantear el ERE que dejará en la calle a 4.500 trabajadores. Esta mujer que escribe sus decretos, al igual que Moisés, al dictado de su Dios hecho talla de madera cubierto de joyas, esta ministra -autora de la Ley de reforma del mercado de trabajo- que deja sin derechos a los trabajadores pide "sensibilidad" en un acto farisaico que raya la obscenidad y que, en sí mismo, es un insulto.
Como también es un descarado ejercicio de cinismo el discursito de Ana Botella en la catedral de La Almudena -que viene de almudaina, muralla, al-mudayna, ciudadela o al-mudin, silo de trigo- pidiendo a la figurita de piedra que se ocupe de las familias de las cuatro jóvenes que fallecieron en el Madrid-Arena, discurso que pronunciaba, muy relajada y responsable tras su sesión de spa de lujo en Portugal, mientras en el Ay-untamiento de Madrid se afanaban en cumplir sus órdenes de borrar la publicidad que habían hecho del fiestorro y se negaban a entregar los Informes técnicos de Seguridad sobre el espacio, que demuestran el conocimiento y la responsabilidad del Ay-untamiento en esas muertes.

Muertos, están generando muertos. No estoy exagerando; todos sabemos que es así. No les importa, ni a unos ni a otros; son pocos, dicen, bajan la cabeza, ponen cara seria ante las cámaras e intentan expresar preocupación responsable. Cuando se alejan, sonríen a los que se cruzan, palmaditas de complicidad y a continuar con el cuento. Son impermeables, no les llega la realidad al edificio de piedra porque los guardias de corps que rodean el Congreso impiden su paso. Ni siquiera la prensa refleja lo que ocurre... De ahí mi ira. Pero esos muertos están en sus espaldas, sobre las de cada político de este país. Los muertos, el hambre, la peste de la indigencia... Los oligarcas se pusieron las botas robando dinero hasta que se les acabó; ahora nos lo roban a nosotros para reiniciar el sistema. Necesitan esclavos harapientos para poder hacer lo que han urdido y nos están convirtiendo poco a poco en eso, náufragos humanos en medio de una sociedad deshumanizada, cruel y totalitaria. 

Mi ira crece mucho al escuchar a Rubalcaba, al ver a la pijo-lista de Valenciano o al seminarista Madina, al escuchar al blandito Hernando, al saber que continúan haciendo tiempo mientras rezan para que los bancos no ejecuten los créditos que tienen pendientes o les nieguen el dinero para la próxima campaña. Pero cuando más crece es al escuchar a los trabajadores insultar y denostar a los Sindicatos. Sin los Sindicatos no vamos a ningún sitio. Además, los Sindicatos son organizaciones obreras, gestionadas por trabajadores, que necesitan ser movilizados. Se movilizan porque les movilizamos, porque nos movilizamos, no son ellos los que nos deben movilizar a nosotros. 

Es nuestra gran contradicción, pedimos Democracia y hundimos las organizaciones a través de las cuales podemos expresar nuestra oposición frontal, enfrentándonos entre nosotros, dividiéndonos, sin pensar en el esfuerzo que hay que realizar para aunar al Sur de Europa en una jornada general de movilizaciones. Acusamos a los Sindicatos de buscar dinero en los bancos, de pedir créditos, pero no les apoyamos afiliándonos y pagando nuestra cuota. Queremos cambiar los partidos desde casa, desde el sofá de las jornadas electorales, que nos cuenten en el Telediario que los Sindicatos nos han resuelto el problema porque para eso están, decimos, sin haber acudido a una Asamblea, sin habernos acercado a la Sección Sindical, sin habernos mojado. Les estamos exigiendo que nos saquen las castañas del fuego sin pararnos a pensar que los Sindicatos somos nosotros, que su fuerza depende de nuestra determinación de lucha y que solo podremos cambiarles si lo hacemos desde dentro. Le hacemos el caldo gordo a los fascistas repitiendo como loros sus consignas, ayudándoles a dividirnos, mientras continuamos dudando si haremos huelga porque nos descuentan el día... Eso hace que crezca mi ira más que ninguna otra razón, porque sabíamos perfectamente a lo que nos exponíamos si salían.

No queremos darnos cuenta de lo formidable que es el enemigo al que nos enfrentamos. Al igual que en 1936, estamos acostándonos mientras ellos se levantan. Les llaman Neo-liberales, Neo-cons, TDT-party... Son los fascistas de siempre, los fascistas de la historia del mundo, los que fletaban los barcos de esclavistas, los que manejaban los látigos en el medioevo, los que, desde que el mundo es mundo, aumentan los impuestos a la plebe porque no entra suficiente dinero en sus arcas para pagar sus guerras y sus juergas, sus orgías. Siempre han estado ahí; ahora han creado las condiciones para volver a imponer sus dictados y robarnos hasta el aire mientras nosotros permanecemos en casita, en el sofá, cómodos ante el jurbol y denostando de las Organizaciones obreras sin hacer nada. Tenemos lo que nos hemos ganado a pulso...

Y así nos va.